La tranquilidad del cuerpo, la quietitud de este. Flotar. La paz interior. Suave y extrema relajación inunda al cuerpo que cede y deja por fin ser al alma. Sóla yo. Sóla y experimentando un lugar que nunca estuvo alguien, una infinita habítación, la habitaciónn de piso verde, suelo suave, calmo, confortable. No hay techo. El infinito celeste y su estrella encandilan, enceguecen, llenan de luz mis ojos y mi cuerpo, ocmo si pudieran atravesarlo. Los sentidos van siendo cada vez más perceptibles. El tacto: aire del más limpi, fresco, puro, no sólo se hace sentir por mis manos, mis manos que ni se sienten, que flotan y se dejan ser saliendo de mi cuerpo para percibir el regalo de la paz en algún rincón de este paraíso, la suave brisa primaveral me invita a ser ella. A dejarme ser. Volar, ser libre, liviana como ella que hacia el norte se deja ser y se entremezcla con el agua, el agua que es parte de un río, pequeñas que antes se hallaban agitadas, agitadas como yo, que a veces no sé parar, pero cuando prevalece la calma y la serenida, cuando esta logra reinar, cuando por fin la paz se juega a duelo con la violencia, la acción y la velocidad que casi siempre invade.
Cuesta dejarse llevar y cuando más se crece más cuesta. Más cuesta alcanzar la paz y vivirla. Hoy no alcanza con vivir un rato de paz.
Más crecemos y más debemos tratar de serla, de imitarla, de ser paz y tranquilidad y dejar al cuerpo ser al alma.
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